Cancion

martes, 27 de mayo de 2014

La Grua

Capitulo anterior es La Llamada

David empieza a gritar, se acerca rápidamente y comenta: “Coge las dos cuerdas, por si las necesitas, te servirán de puntos de apoyo”, (son dos eslingas de gomas con sus mosquetones correspondientes, sirven para subir objetos de gran peso, es como una cuerda pero no tiene ni inicio ni final). David me las ancla en sujeción de la espalda: “Ten mucho cuidado” ­─Me dice con voz intranquila.
Miro hacia arriba. Allí está la escalera.  Son cinco tramos de escaleras, una escalera totalmente vertical y estrecha donde solo caben las manos y los pies. Suerte que en cada tramo hay una pequeña repisa donde la escalera cambia de derecha a izquierda y viceversa. Empiezo mano tras mano y pie tras pie, sin parar, con lentitud pero con un ritmo constante. Tengo que tener una cadencia equilibrada, para no cansarme los brazos, ya que es donde ejerzo toda la fuerza. Empiezo a subir coordinando los movimientos, una mano luego el pie de la misma mano, después la otra mano con su pie correspondiente. Mis ojos están muy pendientes cada vez que agarro el peldaño metálico y oxidado. Llego a la primera repisa, desplazo el pie derecho y luego acompaño el pie izquierdo y me enfrento de nuevo con una escalera vertical que me conduce hacia la segunda repisa. Mano tras mano, sin parar, me doy cuenta de que cada vez los hierros de los peldaños están más oxidados: esta grúa hace mucho tiempo que está a la intemperie, la humedad de la lluvia y el paso del tiempo han empezado a hacer de las suyas.
Llego a la segunda repisa. Desplazo el pie izquierdo, luego acompaño el pie derecho y otra vez la escalera vertical que conduce hacia la tercera repisa. Subo, no paro de subir, mi mente cada vez está más nerviosa pero tengo que estar concentrado. Subo sin estar atado a nada y eso es peligroso. Llego a la tercera repisa y me desplazo de derecha a izquierda. Otra vez la escalera vertical. Tomo un respiro de unos segundos, mis brazos están tensos, observo que hay viento, lo empiezo a notar, es ligero pero lo siento. Vuelta a empezar, mano tras mano y pie tras pie, siempre bien coordinados como un ejercicio habitual. No me cuesta nada guardar el ritmo porque estoy habituado. Ya estoy en la cuarta repisa, pie izquierdo y desplazo el derecho, allí está el último tramo.
Observo que la escalera vertical ha perdido parte de la pintura y mis aguantes han adquirido un color rojizo.  Un pequeño empujón con los brazos y el mismo rollo de siempre: mano tras mano y pie tras pie. Empiezo a acelerar los movimientos, es el último esfuerzo. El viento, ahora, ya empieza a notarse, suerte que hoy no es un día ventoso, sin contar que, además, ya he superado la altura de todos los edificios que me rodean.
Por fin llego, hago un pequeño brinco y veo a dos bomberos y una mujer. Les digo: “Aquí estoy”. Mi respiración esta acelerada debido al esfuerzo. La mujer me dice: “Yo soy Carmen”. Levanto la vista y allí esta.  Veo la sonrisa perfecta al fondo del brazo de la grúa. Son unos 40 metros de brazo y ella está al fondo del todo, prácticamente al borde, pero no del todo. Carmen me comenta que se han retirado ya que ella está muy alterada y prefieren esperar aquí hasta que yo llegase.
Observo que hoy es día típico de primavera, donde las nubes y el sol bailan al son del viento, así que el astro llora y para de llorar, cuando él le apetezca.
Cojo una botella de agua pequeña que sostiene uno de los bomberos y le comento a Carmen que me dejen pasar y que hablaré con ella.  Me comenta: “ella ha preguntado por ti”. Muevo el pie apoyándome en los hierros del brazo, son gruesos y cada dos metros tengo el mismo hierro en posición horizontal. Mientras me acerco a ella miro fijamente a los lejos, porque, en un precipicio, mejor mirar siempre al frente.
Abro las pinzas de mis laterales y las saco de sus argollas, como si fuera un pistolero. Voy anclando una por la derecha y la otra por la izquierda, con mis manos dejo las pinzas entre abiertas para ir más rápido hacia la sonrisa perfecta. Durante el trayecto las pinzas van haciendo ruido, metálico contra metálico.
Miro al frente, observo que a mi izquierda está el nervio del brazo un hierro muy grueso, suerte que llevo el casco puesto sin querer podría darme con los hierros. Me voy acercando y ella está de espaldas así que me muevo con rapidez a la vez de pongo bien colocado mis pies, voy atándome con el doble anclaje continuamente. Solo quedan 10 metros y mi ritmo empieza a menguar.
Ella se gira con cuidado poniendo las manos en los hierros laterales, el ruido del doble anclaje le ha hecho reaccionar. Ahora estoy a unos cinco metros, me dice: “quédate donde estas”, me paro y pongo una pinza en el hierro.
-          Hola, sonrisa perfecta. ¿Qué haces aquí arriba? ¿Sabes que tengo vértigo, así que, porque no bajamos?
Ella me mira y me dice:
-          Claro, tú tienes vértigo. ¿Qué haces con el arnés y todo eso que te cuelga?
-          Bueno estamos a una altura muy elevada, ante todo hay que cumplir las normas de seguridad así que llevo todo esto por mi seguridad y para la tuya. ─Conteste, viendo como mis pies están colocados en un vacío totalmente vertical.
-      Cuando llevas unas horas te acostumbras, tú ya sabes perfectamente de que hablo. ─Dijo.
Tiene toda la razón. Empieza a lloviznar, el viento me viene de cara algo molesto pero se puede soportar, y el frio empieza a asomarse en mi piel. Le pregunto cuánto tiempo llevas aquí arriba, me comenta:
-          Lo suficiente, unas 3 horas.
-          ¿Porque no bajamos? Dentro de poco hará más frio y el sol se irá a dormir.
-          Me gustan las vistas. ┴Contesto.
-          Si quieres ver vistas bonitas de la ciudad, yo te llevo a un lugar más seguro. Además, para mí, la vista más bonita es mirándote de frente.
Ella sonríe débilmente. Le comento que si quiere podemos tomarnos un café, allí donde nos vimos por primera vez. Me contesta: “no intentes convencerme”. Intento sacar hierro al asunto, lo que es curioso ya que de hierros estoy rodeado.
-          Bueno. ¿Quieres un cigarro?
-          Claro, y así podrás acercarte a mí y agarrarme.
-    Hagamos una cosa: pondré el casco atado aquí. Dentro te dejo el paquete de tabaco y el encendedor y me retiro unos metros. ¿Qué te parece?
-          Ok.
Me saco el casco, lo ato al hierro, dejo caer tabaco y el mechero. Me desplazo unos cinco metros atrás. Ella se acerca al casco mientras yo camino hacia atrás por la grúa. ¡Dios mío! Estamos muy altos y la sensación de vértigo, cuando mis ojos miran el duro cemento, es estremecedor y se me encoje el corazón.
Ella enciende el cigarro y lo fuma con ansiedad. Mientras, me apoyo junto a los hierros, esta vez sin atarme. “Por lo menos el cigarro la ha alejado del borde”. ─Pienso.

Continuara con el último suspiro. 

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